Lee el artículo de Almudena Grandes que encontrarás en el siguiente enlace.
http://www.elpais.com/articulo/ultima/voy/elpepiult/20100927elpepiult_1/Tes
miércoles, 29 de septiembre de 2010
miércoles, 15 de septiembre de 2010
Teoría del Friki. Javier Cercas
Seguid el enlace de abajo y leed el artículo del escritor Javier Cercas.
http://www.elpais.com/articulo/opinion/Teoria/friki/elpepuopi/20100915elpepiopi_5/Tes
http://www.elpais.com/articulo/opinion/Teoria/friki/elpepuopi/20100915elpepiopi_5/Tes
viernes, 16 de abril de 2010
Calderón de la Barca
LA VIDA ES SUEÑO
Y los sueños, sueños son...
A continuación, los famosos monólogos de Segismundo.
jueves, 25 de marzo de 2010
Manuel Vázquez Montalbán
Camino
Todos los caminos llevaban a Roma, y aunque Roma, como sujeto capital de la catolicidad, no lo quiera, todos los caminos se empeñan en pasar por la llamada Ciudad Santa, adjetivo que comparte con La Meca y otras capitales religiosas. Hete aquí que el Vaticano se disgustó porque se hubiera elegido Roma como escenario de manifestación internacional y anual del orgullo gay en el 2000, año jubilar, repleta la ciudad de peregrinos, obligados a compartir, aunque sólo fuera un día, el espacio de purificación y encuentro de espiritualidades con la variopinta fanfarria de comulgantes en la homosexualidad, dejados de la mano de Dios por el uso de la sexualidad irreproductiva.
Con la torpeza con que las alineaciones sacrosantas suelen tratar las conductas humanas, las autoridades vaticanas trataron de suprimir la celebración de las manifestaciones homosexuales en Roma, con lo cual generaron el esperable coro de voces airadas contra la intransigencia de la Iglesia. Santa intransigencia que por una parte entristece a los católicos liberalizados y por otra reconforta a los católicos ultramontanos, con lo que permanece tensa, expectante, rica en suma, la unidad de contrarios dentro de una misma comunión de los santos. Finalmente, se celebraron las manifestaciones con notable éxito, aunque es lógico suponer que una parte notable de homosexuales italianos católicos no se manifestaran para no agudizar sus propias contradicciones internas porque, como propone Escrivá de Balaguer en Camino, la Cruz, con mayúscula, no sólo hay que llevarla sobre el pecho... “la Cruz sobre tus hombros, la Cruz en tu carne, la Cruz en tu inteligencia. Así vivirás por Cristo, con Cristo y en Cristo: y así solamente serás apóstol”, y más adelante el fundador del Opus recuerda a sus vanguardias: “si queréis entregaros a Dios en el mundo, antes que sabios –ellas no hace falta que sean sabias: basta que sean discretas- habéis de ser espirituales, muy unidos al señor por la oración: habéis de llevar un manto invisible que cubra todos y cada uno de vuestros sentidos y potencias: orar, orar y orar: expiar, expiar y expiar”. Sin que jamás se pronunciara el fundador sobre los homosexuales ni las homosexualas.
Manuel Vázquez Montalbán
Todos los caminos llevaban a Roma, y aunque Roma, como sujeto capital de la catolicidad, no lo quiera, todos los caminos se empeñan en pasar por la llamada Ciudad Santa, adjetivo que comparte con La Meca y otras capitales religiosas. Hete aquí que el Vaticano se disgustó porque se hubiera elegido Roma como escenario de manifestación internacional y anual del orgullo gay en el 2000, año jubilar, repleta la ciudad de peregrinos, obligados a compartir, aunque sólo fuera un día, el espacio de purificación y encuentro de espiritualidades con la variopinta fanfarria de comulgantes en la homosexualidad, dejados de la mano de Dios por el uso de la sexualidad irreproductiva.
Con la torpeza con que las alineaciones sacrosantas suelen tratar las conductas humanas, las autoridades vaticanas trataron de suprimir la celebración de las manifestaciones homosexuales en Roma, con lo cual generaron el esperable coro de voces airadas contra la intransigencia de la Iglesia. Santa intransigencia que por una parte entristece a los católicos liberalizados y por otra reconforta a los católicos ultramontanos, con lo que permanece tensa, expectante, rica en suma, la unidad de contrarios dentro de una misma comunión de los santos. Finalmente, se celebraron las manifestaciones con notable éxito, aunque es lógico suponer que una parte notable de homosexuales italianos católicos no se manifestaran para no agudizar sus propias contradicciones internas porque, como propone Escrivá de Balaguer en Camino, la Cruz, con mayúscula, no sólo hay que llevarla sobre el pecho... “la Cruz sobre tus hombros, la Cruz en tu carne, la Cruz en tu inteligencia. Así vivirás por Cristo, con Cristo y en Cristo: y así solamente serás apóstol”, y más adelante el fundador del Opus recuerda a sus vanguardias: “si queréis entregaros a Dios en el mundo, antes que sabios –ellas no hace falta que sean sabias: basta que sean discretas- habéis de ser espirituales, muy unidos al señor por la oración: habéis de llevar un manto invisible que cubra todos y cada uno de vuestros sentidos y potencias: orar, orar y orar: expiar, expiar y expiar”. Sin que jamás se pronunciara el fundador sobre los homosexuales ni las homosexualas.
Manuel Vázquez Montalbán
Camilo José Cela
La siesta
Los sabios franceses, ingleses y alemanes, también los norteamericanos, están descubriendo la siesta y sus excelencias y virtudes, o sea, que están descubriendo el Mediterráneo, y es probable que a los españoles, a resultas de esas foráneas y mansas lucubraciones, empiece a no darnos vergüenza el proclamar nuestro apego a la vetusta y no del todo bienquista institución.
La siesta es saludable y reconfortadora, ayuda a la digestión y al crecimiento, estimula la serenidad y el amor a la naturaleza y sus deleites, apacigua las iras, enmienda la displasia de la herramienta genitoria y las oscilaciones de la tensión arterial, y da ánimos para insistir en la lucha por la vida con renovados y aun casi virginales arrestos.
Hace ya algún tiempo llamé a la siesta el yoga ibérico y la cosa tuvo cierta buena acogida porque lo repitieron y glosaron determinados escritores costumbristas: el barómetro de los usos de cada país son los escritores costumbristas.
Los extranjeros, poco a poco, nos van enseñando a los españoles lo que ya sabemos y no admitimos hasta que nos lo explican, a ser posible en inglés. Con la dieta mediterránea y la cocina del aceite de oliva y las judías con chorizo pasó lo mismo y ahora hasta nos sienta bien lo que antes nos indigestaba. Yo daría cualquier cosa porque los españoles borrásemos de nuestras cabezas la hortera veneración que no pocos sienten, o sentimos, por lo que nos regalan, nos susurran o nos ordenan los pardillos de esos mundos de Dios. Lo propio no tiene por qué ceder a lo ajeno mientras no se nos demuestre que es mejor.
Camilo José Cela
Los sabios franceses, ingleses y alemanes, también los norteamericanos, están descubriendo la siesta y sus excelencias y virtudes, o sea, que están descubriendo el Mediterráneo, y es probable que a los españoles, a resultas de esas foráneas y mansas lucubraciones, empiece a no darnos vergüenza el proclamar nuestro apego a la vetusta y no del todo bienquista institución.
La siesta es saludable y reconfortadora, ayuda a la digestión y al crecimiento, estimula la serenidad y el amor a la naturaleza y sus deleites, apacigua las iras, enmienda la displasia de la herramienta genitoria y las oscilaciones de la tensión arterial, y da ánimos para insistir en la lucha por la vida con renovados y aun casi virginales arrestos.
Hace ya algún tiempo llamé a la siesta el yoga ibérico y la cosa tuvo cierta buena acogida porque lo repitieron y glosaron determinados escritores costumbristas: el barómetro de los usos de cada país son los escritores costumbristas.
Los extranjeros, poco a poco, nos van enseñando a los españoles lo que ya sabemos y no admitimos hasta que nos lo explican, a ser posible en inglés. Con la dieta mediterránea y la cocina del aceite de oliva y las judías con chorizo pasó lo mismo y ahora hasta nos sienta bien lo que antes nos indigestaba. Yo daría cualquier cosa porque los españoles borrásemos de nuestras cabezas la hortera veneración que no pocos sienten, o sentimos, por lo que nos regalan, nos susurran o nos ordenan los pardillos de esos mundos de Dios. Lo propio no tiene por qué ceder a lo ajeno mientras no se nos demuestre que es mejor.
Camilo José Cela
Fernando Savater. Ética para Amador.

DATE LA BUENA VIDA
(…) Las cosas pueden ser bonitas y útiles, los animales (por lo menos algunos) resultan simpáticos, pero los hombres lo que queremos ser es humanos, no herramientas ni bichos. Y queremos también ser tratados como humanos, porque eso de la humanidad depende en buena medida de que los unos hacemos con los otros. Me explico: el melocotón nace melocotón, el leopardo viene ya al mundo como leopardo, pero el hombre no nace ya hombre del todo ni nunca llega a serlo si los demás no le ayudan. ¿Por qué? Porque el hombre no es solamente una realidad natural (como los melocotones o los leopardos), sino también una realidad cultural. No hay humanidad sin aprendizaje cultural y para empezar sin la base de toda cultura (…): el lenguaje. El mundo en el que vivimos los humanos es un mundo lingüístico, una realidad de símbolos y leyes sin la cual no sólo seríamos incapaces de comunicarnos entre nosotros sino también de captar la significación de lo que nos rodea. Pero nadie puede aprender a hablar por sí solo (como podría aprender a comer por sí solo o a mear —con perdón— por sí solo), porque el lenguaje no es una función natural y biológica del hombre (aunque tenga su base en nuestra condición biológica, claro está), sino una creación cultural que heredamos y aprendemos de otros hombres.
Por eso hablar a alguien y escucharle es tratarle como a una persona, por lo menos empezar a darle un trato humano. Es sólo un primer paso, desde luego, porque la cultura dentro de la cual nos humanizamos unos a otros parte del lenguaje pero no es simplemente lenguaje. Hay otras formas de demostrar que nos reconocemos como humanos, es decir, estilos de respeto y de miramientos humanizadores que tenemos unos para con otros. Todos queremos que se nos trate así y si no, protestamos. Por eso las chicas se quejan de que se las trate como mujeres «objeto», es decir simples adornos o herramientas; y por eso cuando insultamos a alguien le llamamos «¡animal!», como advirtiéndole que está rompiendo el trato debido entre hombres y que como siga así podemos pagarle con la misma moneda. Lo más importante de todo esto me parece lo siguiente: que la humanización (es decir, lo que nos convierte en humanos, en lo que queremos ser) es un proceso recíproco (como el propio lenguaje, si te das cuenta). Para que los demás puedan hacerme humano, tengo yo que hacerles humanos a ellos; si para mí todos son como cosas o como bestias, yo no seré mejor que una cosa o una bestia tampoco. Por eso darse la buena vida no puede ser algo muy distinto a fin de cuentas de dar la buena vida. Piénsalo un poco, por favor.
Más adelante seguiremos con esta cuestión. Ahora para concluir este capítulo de modo más relajado, te propongo que nos vayamos al cine. Podemos ver, si quieres, una hermosísima película dirigida e interpretada por Orson Welles: Ciudadano Kane. (…) Kane es un multimillonario que con pocos escrúpulos ha reunido en su palacio (…) una enorme colección de todas las cosas hermosas y caras del mundo. Tiene de todo, sin duda, y a todos los que le rodean les utiliza para sus fines, como simples instrumentos de su ambición. Al final de su vida, pasea solo por los salones de su mansión, llenos de espejos que le devuelven mil veces su propia imagen de solitario: sólo su imagen le hace compañía. Al fin muere, murmurando una palabra: «¡Rosebud!» Un periodista intenta adivinar el significado de este último gemido, pero no lo logra. En realidad, «Rosebud» es el nombre escrito en un trineo con el que Kane jugaba cuando niño, en la época en que aún vivía rodeado de afecto y devolviendo afecto a quienes le rodeaban. Todas sus riquezas y todo el poder acumulado sobre los otros no habían podido comprarle nada mejor que aquel recuerdo infantil. Ese trineo, símbolo de dulces relaciones humanas, era en verdad lo que Kane quería, la buena vida que había sacrificado para conseguir millones de cosas que en realidad no le servían para nada. Y sin embargo la mayoría le envidiaba... Venga, vámonos al cine: mañana seguiremos.
Fernando Savater. Ética para Amador, capítulo IV
Juan Cruz
Silencios
Hubo un poeta que iba al Café Gijón y allí permaneció callado veinte años. Cuando los demás creían imposible descifrar la naturaleza filosófica de ese silencio, entró en el famoso bar madrileño una señorita bellísima, ante cuya presencia el taciturno personaje se levantó de la silla, se le acercó y le gritó, en medio de la concurrencia: “¡Está usted cojonuda!”. El silencioso escondía detrás de su disfraz de pensador la caracterología de un imbécil.
Otro habitual del mismo Café Gijón era el cantante y folclorista argentino Atahualpa Yupanqui, cuyo aspecto venerable de indio apesadumbrado y pensativo creó a su alrededor la atmósfera que se siente cuando se tiene cerca la más honda sabiduría. Los demás hablaban en su torno, y a lo largo de los años él mantuvo intacto ese fantasma que se queda en la cara cuando uno no habla por mucho tiempo: la calidad del silencio. Hasta que alguien, alguna vez, narró la historia pendenciera de alguno de los tertulianos de entonces, los demás se consternaron o celebraron el lance, y cuando ya se hizo el silencio total sobre lo sucedido, todos vieron que el silencioso rompía a hablar. Lo hizo para decir esto: “El que la hace, la paga”. Los otros entendieron que el silencio también atesora, además de sabiduría, algunos sabios lugares comunes.
Una vez, el escritor argentino Jorge Luis Borges, que no paraba de hablar, incluso en islandés, fue a ver a Juan José Arreola, que le ganaba por mucho trecho en el uso de la legua propia; después de la larga estancia junto a su colega mexicano, le preguntaron a Borges qué tal había ido la conversación, y el autor de El aleph respondió: “Muy bien, he podido introducir algunos sabios silencios”. Acaso sabio es el mejor adjetivo que le han puesto al silencio, pues generalmente el silencio es sepulcral u ominoso, o se acompaña del ruido de una claqueta: “¡Silencio, se rueda!”; el poeta Francisco Brines dice que también existe el silencio celestial, pero ése es tan eterno que no se puede medir.
El silencio es una pesada carga en la que nos empeñamos en ver el peso de la inteligencia, cuando a veces sólo transparenta un humo que se evapora en contacto con el aire y que a veces se resuelve en una frase así, “¡Usted está cojonuda!”, porque también es normal que quien ande callado sea porque nada tiene que decir.
Juan Cruz El País, 2/10/02
http://blogs.elpais.com/juan_cruz/
Hubo un poeta que iba al Café Gijón y allí permaneció callado veinte años. Cuando los demás creían imposible descifrar la naturaleza filosófica de ese silencio, entró en el famoso bar madrileño una señorita bellísima, ante cuya presencia el taciturno personaje se levantó de la silla, se le acercó y le gritó, en medio de la concurrencia: “¡Está usted cojonuda!”. El silencioso escondía detrás de su disfraz de pensador la caracterología de un imbécil.
Otro habitual del mismo Café Gijón era el cantante y folclorista argentino Atahualpa Yupanqui, cuyo aspecto venerable de indio apesadumbrado y pensativo creó a su alrededor la atmósfera que se siente cuando se tiene cerca la más honda sabiduría. Los demás hablaban en su torno, y a lo largo de los años él mantuvo intacto ese fantasma que se queda en la cara cuando uno no habla por mucho tiempo: la calidad del silencio. Hasta que alguien, alguna vez, narró la historia pendenciera de alguno de los tertulianos de entonces, los demás se consternaron o celebraron el lance, y cuando ya se hizo el silencio total sobre lo sucedido, todos vieron que el silencioso rompía a hablar. Lo hizo para decir esto: “El que la hace, la paga”. Los otros entendieron que el silencio también atesora, además de sabiduría, algunos sabios lugares comunes.
Una vez, el escritor argentino Jorge Luis Borges, que no paraba de hablar, incluso en islandés, fue a ver a Juan José Arreola, que le ganaba por mucho trecho en el uso de la legua propia; después de la larga estancia junto a su colega mexicano, le preguntaron a Borges qué tal había ido la conversación, y el autor de El aleph respondió: “Muy bien, he podido introducir algunos sabios silencios”. Acaso sabio es el mejor adjetivo que le han puesto al silencio, pues generalmente el silencio es sepulcral u ominoso, o se acompaña del ruido de una claqueta: “¡Silencio, se rueda!”; el poeta Francisco Brines dice que también existe el silencio celestial, pero ése es tan eterno que no se puede medir.
El silencio es una pesada carga en la que nos empeñamos en ver el peso de la inteligencia, cuando a veces sólo transparenta un humo que se evapora en contacto con el aire y que a veces se resuelve en una frase así, “¡Usted está cojonuda!”, porque también es normal que quien ande callado sea porque nada tiene que decir.
Juan Cruz El País, 2/10/02
http://blogs.elpais.com/juan_cruz/
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